Jueves, 28 de Enero de 2021

A 62 años del maracanazo

Lunes 16 de julio de 2012

ISAIAS, EL PROFETA DE MARACANA


“-Ah, meus amigos, señoras é señores, ustedes no poderán saber nunca o que foi aquele día. O Guiyia correndo pela ponta direita y ó Bigode que no pode frenarlo. O Barbosa que nao chegó a tapar a bola y foi gol…Minha nossa siñora, foi incrível meus amigos. Foi o silencio mais espantoso do mundo en Maracaná. O povo inteiro do Brasil chorando. Mudos ficamos tudos naquele silencio de morte. Eu nao quero me lembrar, Foi un dolor imposible de descrevir…”


El negro mantenía a su auditorio con la respiración en suspenso. La boca reseca y muchos ojos llenos de lágrimas, resumían en esos gestos cuál era su origen. Veintidós matrimonios casi todos con muy pocos años de casados y algunos de ellos sin hijos, estaban realizando su segunda luna de miel. El soñado viaje a Río de Janeiro, en baja temporada, con bus y hotel 2 estrellas, hecho con el grupo de compañeros del Banco para abaratar todo lo posible el costo de la excursión.


Venían impactados de ver a la ciudad desde las alturas del Pan de Azúcar, corretear por las legendarias arenas de Copacabana, comer camarones al paso en los puestos de la soñada Ipanema, el paseo de toda la tarde al Corcovado, las infaltables fotos al pie del Cristo Redentor.

Algunas caipirinhas demás, estaban dándole al paseo un toque de irrealidad, de ensueño, de cosa espectacular, que venía a culminar en este brillante atardecer pisando el césped legendario del estadio más grande del mundo, con aquel negro maravilloso contando la historia tan conocida.


Era la primera vez que escuchaban la gesta inolvidable del Maracanazo en boca de un brasileño, pisando el campo de juego de la gloria eterna, contada por un testigo presencial. Los padres, tíos, amigos de mayor edad ó cualquier persona que conocían, habían estado diseminados por diferentes lugares aquel glorioso 16 de julio de 1950.


El abuelo paterno del auxiliar de contaduría estuvo en Rivera aquella tarde memorable, por lo que resultaba ser quien había tenido siempre el testimonio más cercano de todos quienes trabajaban en la sucursal.


Hoy estaban ante alguien que había estado presente en el lugar. La ansiedad había vencido a los más fanáticos y querían ametrallarlo a preguntas. El corpulento guía desgranaba la historia con maestría y un oportuno manejo de los silencios, que le daban mayor dramatismo a su narración.


Aquella era la historia más contada en el Uruguay y todos la conocían de memoria. Cada año se publicaba en todos los diarios del país, las radios repetían los goles, se entrevistaba a los protagonistas y se consideraba el 16 de julio casi como una fecha patria. Hechizados por el “portuñol” forzado de Isaías, seguían emocionados el relato del guía, parados dentro del área donde Schiaffino primero y Ghiggia después, anotaron los goles más importantes en la historia del fútbol oriental.


El Jefe de Cajeros se llamaba Alcides Edgardo, como muchos otros uruguayos que habían nacido en el segundo semestre de 1950, en homenaje al gran delantero celeste. Escuchaba con los labios apretados y una lágrima perezosa colgándole de los ojos. Su esposa, tomada a su brazo izquierdo, lloraba en silencio. Estaban en el lugar del hecho. Dentro del área. A pocos pasos del arco bendito.

Cuando Isaías relató: por acá corrió Guiyia…era imposible resistirse a los duendes de la imaginación. Te corrías un par de metros y tenías la misma imagen del arco, que tantos años atrás había tenido el veloz puntero derecho uruguayo. Bigode quedó definitivamente atrás, Barbosa agazapado espera el centro, da un paso al frente, deja el hueco. Atrás, en el ahora vacío cemento, miles de asombrados brasileños observan –ahogados por el miedo- el desenlace fatal de la peor de sus pesadillas. El empate les llenó el alma de un oscuro y helado pavor.


El miedo había ingresado perverso hasta el fondo mismo de sus huesos. Ahí pegále, ñato. Pegále que es gol. Dicen que le habría gritado el Cotorra Míguez.
Resonaba en tu cabeza la voz de don Carlos Solé, cargada de estática, que habías escuchado religiosamente en cada aniversario… “Ghiggia a Julio Pérez, Julio Pérez a Ghiggia, avanza el veloz puntero derecho uruguayo, escapó a Bigode, entra al área, va a tirar, tira…gol, gooo…oooo…ooollll. El primer grito, entrecortado, dudando, lleno de incredulidad. Gooooooollll uruguayooooooo…” Seguramente se escuchaba su voz, dentro de aquella gigantesca olla de silencio. “La pelota escapó al contralor de Barbosa…” lloraba Solé, tan claramente dibujado en tu memoria.

Corrías con Ghiggia para abrazarlo. El estadio estaba tan silencioso como ahora. Mirás lentamente sus tribunas y el Maracaná te parece más grande todavía. Estaba repleto aquel día. Doscientos mil monos. Una enormidad de gente. Intentás imaginarlo lleno, el bullicio ensordecedor después del primer gol de ellos. Cómo pudimos ganar? Una duda enorme te carcome el cerebro. Si yo hubiera estado aquí con la celeste en el pecho. Dios querido! Se me pone la piel de gallina de sólo pensarlo. Me habría asustado?


Jodido cagarse en las patas delante de Obdulio, del Mono Gambetta. Matías Gonzáles me hubiera dado ánimos. Seguro. Si pudiera le pediría a Dios que me permita estar en el túnel, camino a la cancha, sintiendo el retumbar del estadio impresionante, escuchando la arenga final de aquellos monstruos. Madre Santa! Que te arengue Obdulio antes de salir por el túnel del Maracaná, la tarde de la final. Te comés a los brasileños uno por uno. Los de la cancha y los de la tribuna. Y si te hubiera tocado ser dirigente? Se te arruga el alma pensando que a lo mejor eras vos el de: “si no nos golean estamos cumplidos…”


Después de estar allí escuchando a Isaías, enfrentado a la inmensidad de las tribunas vacías, tan intimidantes como cuando son una hoguera de cantos y banderas, seguramente el próximo 16 de julio será diferente. Casi te diría que vas a sentirte parte de la historia. Yo estuve allí vas a decir con orgullo.
Como en todos los casos, son muchas las historias que conviven con un hecho concreto.


La que se vivió esa tarde, la que está escrita en los diarios, la que cuentan los protagonistas, los que ganaron y los que perdieron. Seguro que las historias son diferentes aunque hablen del mismo acontecimiento. Y está esta historia, que te llevás vos del césped. Brillante, única, irrepetible historia que se te mete en la carne, para quedarse para siempre, como tatuada. Y te llena el alma. Cuando el guía del Maracaná te cuenta sobre el pasto la epopeya incomparable, ya es tuya también. Sos parte del suceso.


“-Yo foi uno de aqueles que tenían uma camiseta embajo de la roupa y cuando o Friaza meteu o primeiro gol, tiréi fora a roupa y fiqué com a camiseta que dizía:”Brasil campeao do mundo”. Tudos cantavam, tudo mundo estaba muito feliz.

Eu nao ví Obedulio pegar a bola embaicho do brazo. Eu nao ví. Estava gritando no palco, gozando, sabendo que seríamos campeoes do mundo.” Isaías parecía un predicador, hablando esa mezcla indefinida de español y portugués. Nadie se atrevía a interrumpirlo. Parecían fanáticos religiosos escuchando La Palabra Divina.


“- O primeiro tempo foi de tanta alegría, que tudos esperávamos uma goleada no segundo tempo. Mas Schiaffino empató. Nao entendo até agora, porqué nos temimos tanto aquele empate. Nos éramos campeones igual, com a igualdade. Nao sei porqué sentimos tanto temor, depois do empate.”
Negro sabio, Isaías. El empate los llenó de dudas. Habían llegado demasiado confiados. Los gladiadores celestes traían la leyenda de Colombes, Amsterdam, Montevideo.


Éramos imbatibles en las finales. Los triunfos eran patrimonio nacional uruguayo. Imposible no agrandarse. Cómo hacés para mantenerte humilde, ubicado. Un brasileño te está contando cada detalle lacerante del dolor inconmensurable de aquel día. Es casi un placer ver a un brasileño bajar la cabeza.

Ellos que se llevan a todo el mundo por delante con que son “o mais grande do mundo”. Así que tuviste que ponerte de nuevo la ropita, macaco? Mirá vos…no sólo los jugadores tenían la camiseta de campeones, como siempre nos habían contado. Así que este negro bobeta, allá en el palco, también la tenía? El ascensorista campeón del mundo? Tomá pa vos, bejiga!


Te imaginás mirando a la cara a doscientos mil brasileños hechos mierda en la tribuna.
Se tuvieron que meter la camiseta en el orto. Ésta, campeones del mundo –y tu otro yo se sacude los genitales- ésta, chupen giles!


El negro Isaías sigue hablando -ignorante de tu alocada imaginación- baja el tono de voz, casi en un susurro, cuenta: “-Ahh, meus amigos…o silencio foi mortal depois do final do jogo. Eu nao tuve mutio travallo com o elevador. O público nao quería ir embora. Foi terrible. A banda de músicos choraba, alá no gimnasio. Ficaron con os trajes preparados para tocar na entrega da copa. Mais ninguém chamó. Cada jogador tenía preparado un carro para o desfile por as cayes do Río de Janeiro. Ficó tudo ahí, em silencio. A batería de fogos de artificio y os petardos y as bombas, nao entró nunca em funcionamento. Nao hubo ceremonia. O Rimet deu a copa para Obedulio y terminó tudo. Ninguém entendía nada. Foi horrible, meus amigos.”


La piel se siente diferente. Hay un amanecer de sentimientos encontrados. Cuando tu viejo te contaba Maracaná, te conmovías, se te hacía un nudo en la garganta viéndole los ojos vidriosos. Seguías la historia paso a paso. Tu viejo lo había escuchado por radio. Te daba envidia. Ahora te daba pena.
Escuchando a Isaías, sentías una sensación profunda de frustración por no haber podido ser uno de los protagonistas de esa maravillosa historia. Aunque fuera desde las tribunas. Cuántos uruguayos fueron ese día al estadio? Qué placer poder estar ahí. Verlos desconsolados, sin saber qué hacer con los cohetes artificiales, los carros y la banda y la alfombra roja y todo lo que tenían preparado.


“-Durante cuatro años ficou a batería de foguetes armada encima do techo. Ninguém quería retirarlos. Decían que era mala sorte. Que estaban malditos. A lluvia y o vento foron tirando, poco a poco tudo. Em cuatro años fico limpo.”


Qué bárbaro. Se les pudrieron los cohetes allá arriba.
La plata que gastaron al pedo ese día! Y los músicos? Ja, esos sí que se jodieron. Se tuvieron que comer la partitura!


“-Pasó o tiempo y eu foi designado guía do estadio. Aquí vienen de lunes a viernes, umas quince excursoes diarias. Eu falo para italianos, alemaes, japoneses. Tudos me preguntan da final. Sou a única persona em todo o mundo que fala quince veces por día do Maracanazo. De lunes a viernes, faz ya mais de trinta años.”


Algo distinto se escurre por tu espalda. Un sentimiento que transita por caminos más dignos. Cómo puede alguien soportar semejante castigo? Por qué es un castigo, no jodamos. Este negro sí que es guapo. Ni el más fanático de nosotros estaría todos los días contando la hazaña del 50, quince veces! No te aguanto.


Pensar que hay tipos que llaman a las radios cada 16 de julio para criticar a los periodistas que recuerdan este hecho. Dicen que vivimos de las glorias pasadas. Mirálo a este negro. Todos los días diciendo su misa y hablando de San Obedulio, desde hace treinta años.


“-Depois de tanto tempo de falar de esta historia, aprendí a reverenciar a figura de um gigante: Obedulio. Cuando venían turistas de Uruguay, sempre mandava saludos para ele. Um día o Guiyia chegó em Maracaná com o Barbosa, para fazer uma reportagem en televisao. Fizemos amistade com eles. Cuando comenzaron a venir turistas com filmadoras, eu mandava saludos para o gran Obedulio.”


Miles de uruguayos al regresar de su viaje a Brasil se sentían casi obligados de agradecerle al gran capitán por esa gesta incomparable. Le llevaban recuerdos y le pasaban los videos donde Isaías lo nombraba con respeto y admiración. Después de escuchar la historia contada por el negro, querías ir y hacerle un monumento con tus propias manos a Obdulio Varela. Ahí en la puerta de la casa.


Cuando se inauguró la Plaza Maracaná y el monumento a los Campeones del Mundo, en la explanada próxima a la tribuna Colombes del Estadio Centenario, una importante Agencia de Viajes de Montevideo –Turisclub- cuyo principal destino es –justamente- el tour a Río de Janeiro decidió traerlo a Isaías y a su esposa, Iracema.


En la gélida mañana del 16 de julio de 1992 cuando Obdulio Jacinto Varela, el último gran prócer del fútbol uruguayo, descendió del coche que lo acercó hasta SU plaza, un negro sonriente, feliz y conmovido, le abrió la puerta. El más caudillo de todos se vio encandilado por una gigantesca sonrisa de dientes muy blancos. El corazón del Gran Jefe supo quién era. ¡Isaías!- exclamó.


Se dieron un beso tierno, varonil, cargado de mutua admiración y respeto. Se abrazaron como dos buenos viejos amigos. Se estremecían los cuerpos de esos dos titanes. Isaías era tan alto como Obdulio. El llanto brotó incontenible. El comandante de la más grande hazaña del fútbol charrúa no pudo articular una palabra. La emoción –grande- le apretaba el pecho. Ese coloso que nunca había aflojado, ahora lloraba como un niño.


Isaías lo separó apenas, manteniéndolo aún aferrado por los hombros, como queriendo retener en sus pupilas esa imagen para siempre. Lo miró embelesado a través de las lágrimas y sólo pudo decir: “- Obrigado Obedulio, vocé é o mais grande!”


Esa noche Isaías fue nuestro invitado en “Hora 25” el programa deportivo de Radio Oriental. Con su particular estilo de narrar mantuvo a la enorme audiencia al filo de las lágrimas durante todo el programa. Nos contó que considera a Maracaná como su estadio. Siendo muy joven ayudó a desmalezar el predio donde se levantó luego el colosal escenario de juego. Fue albañil durante la construcción del mismo.

Fue el ascensorista del Palco de Autoridades durante el campeonato del 50. A partir de la final se transformó en el guía turístico del estadio. Es el único que lo conoce hasta el último rincón.

También nos dijo: “-Agora que conocí a Obedulio y choré con ele, abrazado na plaza que leva o nombre de meu estadio, cada vez que tenga que falar de novo do Maracanazo, otro sentimento maior vou ter no meu corazón.”


Fue tal la conmoción que causó en la audiencia que tuvimos que repetir –a pedido del público- dos veces el programa entero. La gente llamaba emocionada, algunos llorando abiertamente, dejando su testimonio de agradecimiento a Isaías.


Para los que –como yo- tuvimos un padre futbolero, que entre las primeras cosas que me hizo aprender de memoria, siendo aún muy niño, fue la alineación de ambos equipos del Maracanazo, esta experiencia no tiene precio.
Barbosa, Augusto y Yuvenal. Bauer, Danilo y Bigode. Friaza, Ziziño, Ademir, Jair y Shico. Dicho así, de corrido, casi sin respirar. Máspoli, Matías Gonzáles y Tejera. Gambetta, Obdulio Varela y Rodríguez Andrade. Ghiggia, Julio Pérez, Míguez, Schiaffino y Vidal. Sin leer y sin titubear. Como me lo enseñaste, Popó.-

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