Jueves, 28 de Enero de 2021

Leyenda de la garra charrúa

Lunes 7 de mayo de 2012

Ha quedado perdida en los dobleces de la Historia, olvidada por el paso implacable del tiempo, distorsionada, retorcida, tergiversada, modificada y –hasta re inventada- la auténtica historia del nacimiento de ese mito que los uruguayos esgrimen orgullosos en cualquier cancha del mundo: La Garra Charrúa.


Algunos eruditos trataron de relacionarla con el carácter indómito de los indios Charrúas, que poblaban los suelos orientales antes de la colonización española.
Otros especialistas la asocian con la rebeldía ancestral de los indígenas de aquella raza, que prefirieron morir diezmados, aniquilados, extinguidos por los conquistadores europeos, antes que aceptarlos como amos, patrones, nuevos dueños de su tierra y su futuro.


La realidad es mucho más profunda.
La Garra Charrúa, la auténtica, la que se relaciona con la conducta de los celestes en un campo de juego, nació –como no podía ser de otra manera- por un partido de fútbol.
Dicen que fue a orillas del arroyo Maldonado –que en aquel entonces se llamaba de otra manera- donde vio la luz por primera vez, la que luego se adueñaría de un pedazo grande de la historia del fútbol mundial: la famosa Garra Charrúa.
Han pasado tantos almanaques que nadie recuerda a ciencia cierta la fecha exacta del encuentro.


Como suele suceder en ocasiones trascendentes para el devenir de la historia humana, ese día nadie podía llegar a sospechar que se iba a producir un hecho de tamaña significación en el más popular de los deportes.


Tengamos en cuenta que en aquellos años no existían las coberturas periodísticas ni los corresponsales extranjeros habían sido inventados.
Lamentablemente no quedó ningún registro de ese día memorable.
La historia se conoció como todo lo de esa época, de boca en boca, de generación en generación, con los riesgos que implica este tipo de transmisión oral de hechos históricos donde –seguramente- cada uno le va agregando algún detalle, ya sea para darle mayor credibilidad o simplemente para tornarlo mas entretenido.


Y de esa forma, cabalgando los tiempos, sobreviviendo al paso implacable de los siglos, la historia se fue enriqueciendo, se fue transformando, tomando voces de aquí, colores de allá, detalles y matices que algunos olvidaron y que otros rescataron, para darle eternidad a un hecho que está grabado a fuego en los genes de todos los que nacieron dentro de las fronteras de lo que hoy se conoce como República Oriental del Uruguay.


Vamos a los acontecimientos concretos:


Dicen que era en primavera, que la tarde estaba espectacular, con un sol radiante y el cielo celeste inmaculado, sin la molestia de una sola nube. Un cielo premonitorio. Un cielo color camiseta. La tarde propicia para la práctica de los deportes al aire libre invitó a los tripulantes de una de las embarcaciones españolas, que se encontraba surta en el Puerto de Punta del Este -un sitio aburrido en ese entonces, sin porteños ni camionetas todo terreno circulando por las dunas- a disfrutar de las delicias de un juego que asombró a los vigías Charrúas, que los observaban durante todo el día, ocultos tras los arbustos lejanos.


Los españoles jugaban con un pequeño globo inflado, corriendo, pateando, revolcándose y divirtiéndose de una manera que los indios no habían visto nunca. Gritaban, se reían mucho y de vez en cuando se abrazaban todos muy alegres.


Los informes que los vigías entregaban a la noche a su cacique y su consejo de asesores causó sorpresa al principio, incredulidad en algunos, hasta que se dieron cuenta que era un estilo de diversión que les gustaba mucho a los españoles, que los agotaba y por lo tanto les quitaba energías para las tropelías que estaban acostumbrados a infligir a algunos indígenas que trabajaban para ellos.


Terminaban esos juegos felices y completamente agotados, al extremo que ni siquiera correteaban a las indias con aviesas intenciones, como solía suceder cuando estaban en plenitud de sus fuerzas.


Asomó entonces la vieja y querida Picardía Criolla. Como veremos en este relato histórico, hermana mayor de la Garra Charrúa.


El cacique Abayubá tuvo la brillante idea de hacerle un desafío al capitán del barco: un partido de fútbol. Si perdían los españoles, se iban del lugar. Si perdían los Charrúas, sus vencedores podían elegir los indios e indias que desearan para usarlos como esclavos, novias, o lo que fuere. Y quedarse todo el tiempo que quisieran también.


El capitán español Marcial Durán aceptó el desafío. Se tenían una fe bárbara.
No sabía lo que les esperaba.
Abayubá armó, lo que sería la primera alineación internacional de la celeste en toda la historia del fútbol.


Puso a Tabaré al arco, un indio medio mañero que estaba acostumbrado a atajar cualquier cosa.


Formó una férrea línea final con cuatro guerreros indomables, comandados por Arapey, un indio salteño de sangre caliente, que iba a todas como si fuera la última. Jorgao, un indio que había venido del norte, como zaguero central, boceto de lo que siglos más tarde sería Matías González, el León de Maracaná. A este indio le decían “Zuca”, pues estaba todo el tiempo ofreciendo dulces y golosinas que traía de la frontera, con una media lengua entreverada: azuqunhia, azuca, les decía a todos intentando convencerlos de la dulzura de sus productos. De ahí que sus compañeros le apodaran de aquella forma.


Dicen los expertos que ese fue el génesis de la inveterada costumbre de los brasileños de llamar a sus jugadores con apodos.
Para el sector izquierdo de la defensa convocó a Sarandí, un negro grandote –zurdo- que le pegaba de punta y para arriba y en el área era insuperable. Y sobre el lateral le pidió a Yapeyú, que le diera una mano por ese lado. Total, con la izquierda nunca pasa nada, dicen que dijo.


En el medio el dibujo fue más osado. Uno sólo de contención.
Zapucay, un correntino con una voz de mando impresionante –pegaba unos gritos que paralizaba a los mediocampistas rivales- fue el cinco clásico, antepasado orgulloso del Negro Jefe, el Tito Goncalvez y Montero Castillo.


Un carrilero por derecha y otro por la zurda y un enganche arriba.
Acá se confunden un poco los nombres. Hay historiadores que manejan datos distintos a los que cuentan quienes recibieron la historia de boca de sus mayores.


Algunos hablan de un tal Tamanduá, un indio Bohán que hablaba en un portuñol ininteligible. Se filtró en los dobleces de la historia el nombre de un cacique Arachán que jugaba por el medio y metía unos centros laaaaargos y al que apodaban “Mulita”, pues era negrito, chiquito y escurridizo.


Dicen que de enganche jugó un indio morochón, de buena pinta y sonrisa amplia, que venía de Tacuarembó.


Algunos expertos, de imaginación generosa, especulan que podía ser el tatarabuelo de Gardel. Especialistas argentinos de Cuestiones Aborígenes de América, niegan terminantemente esa teoría
Adelante dos puntas.


En esa tarde germinal, Abayubá –que era el jefe de todos- se puso de centro delantero, acompañado por un punterito veloz e impredecible del que quedaron tan pocos datos que ya nadie lo recuerda.


Una especie de antepasado gloriosamente anónimo, de Morán, el puntero izquierdo del Maracanazo.
Los once de los españoles no quedaron registrados en ningún lado. Una pena. Forman parte de esta historia también.
Los nuestros jugaron descalzos. Vivían descalzos.


Abayubá pinchó 16 pelotas a lo largo del partido. Tenía una uña en el dedo gordo del pié derecho –su pié hábil- que era impresionante. Al segundo córner para los celestes ya mandaba en el área rival. No se animaban a marcarlo pues en la disputa por el balón, por ahí te metía un tajo a la pasada con su uña descomunal.


Era más peligroso que jugar a la mancha con un jabalí. Abayubá fue el inventor de pegarle con tres dedos. Era la única forma de no pinchar la pelota con su uña asesina. Metió dos goles esa tarde inolvidable. El primero de cabeza aprovechando un centro del tal “Mulita”.


El segundo fue producto de una jugada de distracción, en una pelota parada al borde del área. El morocho de Tacuarembó se puso a cantar -¡EN FRANCES! -cerca del arquero español– que se distrajo- y Abayubá lo vacunó sin miramientos.


Después de la derrota los españoles intentaron justificarse diciendo que habían perdido por culpa de la garra del Charrúa.

Tenían una calentura tal, que dicen que allí nació la tan mentada furia española. Cuando hablaban de la garra del charrúa, se referían a esa uña del cacique parecida a un colmillo desmesurado en el dedo gordo, eso lo hacía terrorífico dentro del área e imposible de marcar para sus adversarios.


El boca a boca –como si fuera el juego del teléfono descompuesto- modificó las cosas hasta transformar a la Garra Charrúa en algo inasible y secreto, mágico e invencible que poseen sólo los uruguayos.


Pero nada que ver.


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